miércoles 31 de marzo de 2010

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amelie Poulain XI

[...]

Salí de aquel bar, de nuevo reflexionando sobre toda aquella conversación.
Un resurgir de pensamientos me invadió. Las teorías de Luis me proporcionaban el aprendizaje que durante toda mi vida había necesitado. Era extraordinario, pero inútil al mismo tiempo, pues en aquel momento, mis fuerzas estaban debilitadas, mis palabras vacías de significado y mi persona carente de existencia para demasiados corazones...

Apenas escuchaba el ruido de la calle, de la multitud, de la vida...sólo escuchaba voces, reflexiones y teorías. A veces absurdas.

De repente, mi subconsciente tarareó una canción. Una canción que siempre había despertado en mí un sentimiento de amor profundo.
Medité por un segundo;
-Quizá si...

Llegué a casa, hacía frío, pero aquella canción hacía que sólo me concentrase en una sola cosa.
Encendí mi ordenador y busqué entre mis archivos, con la única intención de hacer comprender envié un correo electrónico.

Como cada día, las lágrimas acompañaban mis quéhaceres. Le recordaba, como alguien especial, como lo que siempre había sido, desde hacía mucho tiempo...

Pocas horas después, revisé mi correo, sin demasiada esperanza de haber obtenido respuesta.
Para mi sorpresa, un nuevo mensaje abría mi bandeja de entrada.

Con el corazón palpitándome fuerte dentro del pecho lo abrí.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, mi corazón latía aún con mas fuerza, y con la mirada clavada en aquel pequeño conjunto de letras, un temblor se apoderó de mis manos.
Estaba claro, era él...Su nombre no constaba, pero conocía demasiado bien su forma de escribir, su claridad de expresión, su lenguaje; esa manera única que siempre había tenido de expresarse; ese don que tantas veces repetí que poseía.
En tan sólo un instante, sentí ser la persona más mediocre del universo. Él tenía aquel don de comunicar con pocas palabras grandes cosas, y así lo había hecho.

Mi culpabilidad se hizo más grande.
Releí aquellas frases unas veinte veces más, sin llegar a entender aquella interpretación que había hecho.
Nunca, al escuchar esa canción, durante muchos años atrás, había podido llegar a deducir semejante conclusión.

Entonces comprendí que me odiaba, que de nada valdría cualquier cosa de la que era capaz de hacer por recuperarle.
Para él, era un cero a la izquierda, un papel reducido a cenizas.
Sentí impotencia; impotencia de no haber sabido darle lo que merecía, impotencia de no haber sido clara, impotencia de no haber reconocido mucho tiempo atrás que siempre le había querido a él; impotencia de haber sido cobarde...

En aquellas palabras vislumbré un sentimiento de rencor inmenso, de dolor e incomprensión. Lo peor de todo es que esa degradación personal la había causado yo...

Y de qué servía explicar que se equivocaba, si nunca llegaría a escucharlo, nunca querría escucharme.
Aquella primera filosofía reducía al absurdo todos mis intentos de recuperarle.

Las cosas nunca son ni blancas ni negras, y aquel escrito rozaba el extremismo sentimental.
Refuté mentalmente su teoría; la cual afirmaba que nunca le había querido.
Ni siquiera daba opción a respuesta, a discrepancia.
Era su propio monólogo mental, con él mismo, sin pararse, tan sólo por un segundo, a escuchar otras muchas teorías factibles.

Teorías que, a fuerza de reflexionar, yo misma había confeccionado.
Era ya demasiado tarde para descubrir toda la verdad. Aquella verdad que mi cobardía me impidió reconocer. Lo que, desde un principio había sido inalienable.

Y aquel día lo reconocí. Siempre había sido suyo mi corazón. Mis ojos siempre le habían mirado con dulzura, mientras hablaba, mientras reía, mientras cantaba...

No me necesitaba, me había precipitado al olvido, a su olvido. Sin más opción que la de odiarme, que la de nunca jamás perdonarme.

Era capaz de cualquier cosa...hasta de volar si con ello pudiera volver a escuchar su voz. No le importaba, ya no le importaba.

Me sentí derrumbada por aquella respuesta.

Repetía entre sollozos que me perdonase. A veces alzaba el tono de voz, creyendo que me escucharía, donde quiera que se encontrase.
Lo suplicaba, le llamaba en voz alta, le repetía una y otra vez lo mucho que le echaba de menos.
Y así era...le quería, verdaderamente, le quería; le necesitaba y le echaba de menos.

Y ahora él me odiaba...y yo me odiaba a mí misma por el hecho de saber que para él yo no significaba más que un cero a la izquierda.
Nunca me escucharía, nunca me creería...a pesar de los intentos por recuperarle, a pesar de tener claro que mi corazón seguiría latiendo por él...como SIEMPRE había hecho, y aunque, durante mucho tiempo lo negué, durante mucho tiempo lo escondí; un día comprendí que sólo él lo ocuparía de aquella manera especial.

Y antes de caer dormida sobre aquel frío sofa, lo repetí de nuevo:
-Perdóname...te echo de menos...te quiero...


[...]

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