jueves 1 de abril de 2010

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amelie Poulain XII


[...]

Sobresaltada me desperté. Sudores fríos recorrían toda mi frente. Me toqué el pecho, intentando recordar qué había pasado. Mi corazón palpitaba tan tan fuerte que lo sentía incluso en las yemas de los dedos de los pies.
Mi respiración era entrecortada, ansiosa, fuerte...
Miré hacia la pared, eran las 4 de la madrugada.
Me incoporé, despacio, aún aturdida por aquella pesadilla. Intenté tranquilizarme, pero...había sido tan tan real e intenso que parecía que hubiera sucedido de verdad.

Aquella pesadilla se repetía frecuentemente desde hacía ya seis meses. A veces se desarrollaba de manera diferente, pero al fin y al cabo la esencia de la misma no cambiaba.

Otras veces solía tener sueños preciosos, sueños que, aunque sólo eran eso, sueños, me hacían sentir feliz. Él estaba conmigo, estábamos juntos, todo volvía a la normalidad, y me daba la oportunidad de poder explicarle todo, de hacerle entender tantas y tantas cosas. Me perdonaba, y entonces me abrazaba. Escuchaba su voz, sentía su calor, sus manos, su aroma...Y era tan tan real...

Aquellos sueños eran la vía de escape de aquel mundo gris que me rodeaba. Era la única forma de reunirme con él, era...mi SUEÑO.
Poder volver a verle, volver a saber de él.

Pero, desgraciadamente, mis noches se regaban con pesadillas más que con sueños hermosos.
Pesadillas en las que él me citaba en un acantilado, y, lleno de rabia y rencor, me empujaba al fondo del abismo, recordándome lo mediocre que era. Repetía incesantemente que me odiaba, que siempre sería así y que era la última persona del mundo para él; el ser más despreciable que existía.
Yo sólo lloraba, pidiéndole perdón, jurándole que lo sentía, que le quería.
Gritaba una y otra y vez que me arrepentía de mis actos, de haberle hecho tantísimo daño. Él no escuchaba, sólo quería precipitarme hacia aquel acantilado, acabando con aquella historia.

Y verdaderamente así era y así es...Ser capaz de cualquier cosa por volver a escuchar su voz; de cualquier cosa que me pidiera...

Solía hacerme preguntas estúpidas acerca de todos aquellos temas, leía libros y escuchaba opiniones, ejemplos, contraejemplos...
Suelen decir que el que no sabe perdonar tampoco sabe amar, y que, quien nada se perdona a sí mismo, debe perdonársele todo...
A veces no entendía todo aquello.
Ni la teoría del alma grande, de aquel que sabe perdonar, ni las frases de Wilde, ni muchas otras que, en aquellos momentos sólo despertaban más confusión en mi ser.

Esperaba poder tener, algún día, una conversación con Luis acerca de este tema.
Y es que...el hecho de saber que algunas personas, entre ellas, él, me odiaban...hacía que mi mundo se desmoronase delante de mis ojos.
Nada podía dolerme más que eso, ninguna venganza era peor que esa...

Y, el hecho de saber, también, que él tenía claro en su corazón que nunca le había querido también me hería enormemente. Estaba equivocado...Pero, ¿quién era yo para acercarme y contarle que su teoría estaba equivocada?
Para él; nadie. Yo no era nadie, más que la mediocridad personificada.

Deseaba poder decirle todo lo que sentía; sé que no lo creería, que mi palabra para él no significaba lo más mínimo, pero se trataba de una cuestión de hechos y demostraciones. Estaba dispuesta a todo, debía demostrárselo, quería demostrárselo, y tan sólo quería tener la oportunidad.

Esa oportunidad resultaba inalcanzable...algo que consideraba que nunca me daría.
Pero...mi corazón, necio, no se cansaba de pedirla una y otra vez. No se cansaba de sacar fuerzas de cualquier sitio para prometerle todo lo que se merecía, para demostrarle que así era, que le echaba de menos, que verdaderamente le amaba.

Pero él me había olvidado...o quizá no, no lo sé...He de reconocer que evitaba, y, aún hoy, evito plantearme esa cuestión. Es como...mi tema tabú.
Sentía miedo al pensar que nunca jamás tendría su corazón.
El mío, desde que él salió de mi vida, nadie había vuelto a ocuparlo.
Nadie...

Él tampoco era consciente de eso...no sabía nada de mí, no le importaba, le repugnaba el simple hecho de mi existencia, o el simple hecho de cruzar nuestras miradas en algún sitio público.

Escribía cartas, que todavía hoy escribo...Tengo más de cien, guardadas en cajas delicadamente decoradas. Recuerdos de sentimientos, aletargados en el tiempo, que no cambian, que permanecen intactos, como el primer día.
Cartas escritas desde lo más profundo de mi corazón, con tinta de mi propia sangre.

Aquella historia parecía no tener fin...y cada día que pasaba, me sentía más vacía, más culpable, mas necesitada de su presencia.
Mi corazón se deterioraba; asqueaba cualquier presencia masculina que buscase algo en mi corazón. Estaba cerrado, a cal y canto, sin opción, ni de entrada, ni de salida...Cosa que, habitualmente, me provocaba una gran angustia.

Pero...¿y qué podía hacer yo?
De momento soñar con él, reencontrarme con él en mis sueños, diciéndole todo lo que sentía, entre lágrimas de felicidad abrazarle y nunca más volver a separarme.

Tan sólo eso...

Resulta realmente increíble el poder del corazón...que guarda sentimientos bajo llave, escondidos durante años, que permanecen, hibernan, hasta que, de repente...resurgen, fuertes y esplendorosos como aquella primera vez...
Mirar a los ojos, y reconocer que son los más bonitos del mundo entero. Saber que cada célula que conforma ese ser humano dota mi vida de significado.

Pero...él ya no creería nada...Me odiaba...le había hecho mucho daño, y nunca jamás me perdonaría...


Tapándome con aquella manta, abrazándome fuertemente a ella, intenté volver a dormir. No quería recordar más aquel mal sueño, sólo quería dormir, poder dormir de una vez por todas una noche del tirón, sin sobresaltos ni malos pensamientos.

Debía reunir fuerzas para comenzar un nuevo día, avanzar dentro de mi vida e intentar seguir luchando por todo aquello.
Debía intentarlo, de cualquiera de las maneras. Aún no sabía cómo...pero estaba obligada a hacerlo...


[...]

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