viernes 2 de abril de 2010

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amelie Poulain XIII


[...]

Amanecí por fin, a las 12 del mediodía. Con el cuerpo dolorido como si de una paliza me hubiesen castigado la noche anterior.
Sin apenas fuerzas para incorporarme, me levanté, y recorrí el pasillo en busca del baño.
Me miré al espejo, tenía los ojos rojos, hinchados, carentes de expresión.
Me contemplé, y comprobé que no había felicidad en mi mirada, que llevaba ya demasiado tiempo así, y que probablemente todo aquello me conduciría a un infierno del que nunca podría salir.

Encendí la radio, sólo con la intención de poder evadirme, de escuchar a alguien, de escuchar algo alegre, alguna conversación que me apartase de aquellos pensamientos diarios.
A los pocos segundos, los primeros acordes de aquella canción comenzaron a sonar, y, acto reflejo, apagué el aparato.
No pude evitarlo, y comencé a llorar; era algo que me perseguía, día y noche, en sueños, en la realidad...ya no sabía cómo salir de aquel pozo, como arreglar aquella situación.
Y sí...aquel día me levanté con la esperanza quebrantada, sin ánimo de seguir, sin fuerzas para luchar.
Mi ánimo, al cabo de los días era como una montaña rusa, que subía y bajaba, se precitaba estrepitosamente y se detenía, más tarde, en lo más alto; para luego dejarse caer al vacío.
Así era mi rutina: sonrisa, carcajada, mirada perdida, tristeza...todo ello entremezclado, provocándome una sensación de angustia indescriptible. Ya no sabía ni quién era, ni siquiera era capaz de predecir cómo me sentiría al segundo siguiente de haber soltado una carcajada.

Además, me empeñaba en conservar todas aquellas fotos, aquellos recuerdos. No quería hacerme a la idea de lo que había ocurrido, todo seguía igual en mi hogar.
Era como un engaño constante que me hacía a mí misma, forzándome a creer que algún día las cosas cambiarían, pero...hoy ese pensamiento brillaba por su ausencia.

La noche anterior había descubierto algo demasiado doloroso para mi alma; la persona más especial de mi vida me odiaba, me odiaba profundamente, y nunca podría hacer nada por cambiar aquel sentimiento.
De nada servía que llorase, que le rogase, que gritase desde la más alta montaña que le amaba.
Era absurdo, inútil...
Mi tristeza era profunda como el mayor de los abismos jamás vistos. Mi corazón se descomponía en mil trozos, y cada trozo se desintegraba en cenizas; cenizas que el viento se llevaba, Dios sabe dónde...a tierra de nadie, a ningún sitio, a la nada...

Ni siquiera eso me importaba, sólo quería recuperar lo perdido, ser escuchada y poder demostrar mis sentimientos. Mi corazón soportaría cualquier precio que fuese necesario pagar, sólo por una conversación, por un abrazo, por esa reconciliación que durante tantísimo tiempo llevaba deseando.

Las horas pasaban...en aquel sofá. Horas muertas, sin nada que decir. Me limitaba a dejar la mente en blanco, mirando al vacío, a veces recordando, otras veces deseando y muchas otras lamentando...

Nunca había hablado con nadie de todo aquello, sólo con Luís.
Me había enclaustrado en mi soledad. Me había marchado de casa, bajo todas las consecuencias, queriendo aislarme, pensar, estar sola. Necesitaba encontrarme, después de aquella malísima racha que había pasado.
Busqué ayuda especializada, leí libros, me informé sobre todo. Puedo decir hoy, que haberme aislado así, voluntariamente, me benefició en gran cantidad, pero, al mismo tiempo, hizo de mí una persona meláncolica, nostálgica, entristecida y ausente.

Nunca recibía visitas; mi hogar era mi refugio y sólo yo lo ocupaba.

No sentía la necesidad de escuchar a nadie, sólo necesitaba, de una vez por todas, escucharme a mí misma y descubrir qué me estaba pasando. Tenía la necesidad de buscar porqués a todos aquellos comportamientos, había caído enferma y únicamente yo misma era la única culpable y la única que podría encontrar la solución.

Llegué a conocerme muy en profundidad. Descubrí cosas de mí misma que desconocía, empecé a escribir, a relatar mi historia, y leía constantemente. Libros de todo tipo. Incluso había buscado mi propia media hora al día en la que disfrutaba de un delicioso café y leía la prensa en aquel bar.
Mi vida había cambiado, yo misma había cambiado.
Me convertí en una persona coherente, capaz de razonar y actuar con lógica.

Me resultó sorprendente, como, con el paso del tiempo, recordando aquellos actos y aquel comportamiento era incapaz de reconocerme a mí misma. ¿Qué me había sucedido?, ¿En quién fui capaz de convertirme para llegar a llevarme por delante tantísimas cosas?
No era capaz de explicármelo aún...Aquello si que sí, se escapaba de mi lógica y de mi razón. Quizá Luís podría ayudarme a entender aquello, a buscar respuestas.

Notaba como iba evolucionando, como, día a día me convertía en alguien más sensato. Alguien consciente de la existencia y del papel que jugaba en el mundo.

Sí...todo aquello era estupendo...y aún hoy lo corroboro, pero...Mi punto de convergencia se encontraba cerca. No podía avanzar más...me faltaba algo, alguien...

Aquella vieja mujer me lo dijo, sin tapujos, y muy claramente:
-Es parte de ti.

Aquellas frases me hicieron pensar, y como consecuencia, comencé a informarme más y más sobre aquellos temas que siempre creí "subrealistas".

¿Me tomaría Luís por loca si le contaba la experiencia con la vieja mujer?
¿Qué pensaría él sobre esos temas?

Si esa tarde surgía la conversación se lo preguntaría. Sentía curiosidad por saber su opinión al respecto.

[...]

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