
[...]
Sentía un malestar extraño, mezcla entre cansancio, decaimiento y dejadez.
Hice un esfuerzo por abrir la puerta del portal, ese día pesaba demasiado.
Mientras caminaba hacia el bar cargando con mi ordenador y mis demás escritos, repasaba mis teorías, mis últimos capítulos, las últimas vivencias de aquella vida pasada.
El sol iluminaba las fachadas, la primavera había llegado y las flores decoraban las plazas y los jardines. Se respiraba frescor, felicidad, pero...así con todo, en mi alma aún perduraba el invierno; un invierno crudo y largo.
Tardé algo más de lo habitual en hacer mi entrada en la cafetería.
De nuevo, como cada día, Isabel preparaba cafés tras la barra.
Saludé amablemente:
-Buenas tardes Isabel, buen dia, ¿verdad?
-¡Si, señorita! Por fin parece que ha llegado la primavera. Estoy deseando acabar mi turno e ir a la playa a pasear con mi novio.
Con cordialidad respondí:
-Qué suerte, espero que disfrutes y la espera no se te haga demasiado pesada.
-Esperemos, señorita...Las esperas cuando son demasiado ansiadas se hacen largas y pesadas.
Contesté:
-No te falta razón, Isabel...
Sin más, pedí mi café diario y tomé asiento.
Conecté mi ordenador y eché un vistazo rápido a mis documentos.
Isabel se acercó con el café y comentó:
-Vaya, chica...Si que estás atareada. Es curioso observarte mientras escribes. Ciertamente, no sé de qué se trata, pero, a veces, me pica la curiosidad. Pareces concentrada, a veces triste y con mirada meláncolica.
Respondí:
-Es una larga historia. Digamos que trato de darle forma a mi alma, a mi corazón. Me relaja y así, puedo decir que simplifico y resumo la historia de mi vida.
Isabel, emocionada añadió:
-Vaya, que interesante...Admiro a la gente con esa capacidad y ánimo de, un día, pararse e intentar dar forma a su existencia.
[...]
De repente, desde la barra alguién interrumpió:
-¡Camarera! ¿Puede ponerme una manzanilla con anís, por favor?
Isabel se dio media vuelta, y, corriendo, se dirigió al muchacho que la reclamaba desde la barra.
Me quedé con la palabra en la boca; de todas maneras, tampoco creía que le interesase saber más. Eran asuntos que únicamente yo entendía.
Sinceramente, sentía algo de pudor cuando alguien preguntaba qué escribía con tanta concentración.
Sin más, continué con mi quéhacer.
Miré a mi alrededor. Había unas ocho personas en el bar, todas ellas acompañadas, charlando amenamente sobre sus vidas, sus asuntos, su trabajo...
Sentía envidia; envidia de no poder compartir un café con aquel círculo que siempre me había rodeado. Era en esa clase de momentos cuando más recordaba aquellos momentos "en familia" y hacía que los echase aún más de menos.
Una pareja de mujeres charlaba a mi derecha.
Hablaban eufóricamente sobre alguien. Alguien a quien no debían tenerle demasiada estima.
Escuché...
Una de ellas repetía y blasfemaba constantemente. Su tez se tornaba a un color rojo vivo por momentos. Mientras, la otra mujer asentía con la cabeza, mientras sostenía su taza de café y miraba hacia la ventana.
Parecían malhumoradas, indignadas por alguna situación.
Intenté concentrarme en mis escritos, pero la charla, cada vez más eufórica de aquellas mujeres me lo impedía.
Empecé a sentir angustia. Sus palabras retumaban en mi cabeza. Hablaban de mediocridad y de culpas, una y otra vez repetían los hechos.
Sólo era cuestión de repetir las mismas palabras, a veces malsonantes.
Por un momento pensé:
-Vaya...qué estupidez...
Recordé que, en muchas ocasiones yo también había actuado así, pero mi perspectiva y mi actuación actual me otorgaba el privilegio de poder ver aquello desde otra perspectiva.
Era todo tan absurdo...Repetir una y otra vez una frase, un nombre, un asunto...que ya había ocurrido, era pasado, por lo tanto inamovible, inexistente...
Mi lógica actual me impedía comprender todo aquello. En ese sentido, sentía que mi evolución personal estaba presente, que había recuperado la cordura.
De todas maneras, también era cuestión de momentos. A veces creía que sí, otras que no...todo dependía de mi estado de ánimo.
Sin embargo, siempre tuve presentes algunos pensamientos, que convertí un día en inalienables y que siempre tenían sentido, en cualquiera de las circunstancias.
Todo aquello me recordó a un libro que había leído recientemente y del cual saqué grandes y hermosas conclusiones.
Esa armadura que todos tenemos, de la cual es tremendamente complicado deshacerse. Ésa que nos impide actuar, en muchas ocasiones con razón y acaba empujándonos al fracaso, y como consecuencia, a una gran frustación.
Aquel caballero fracasado, atrapado en su aparentemente indestructible armadura, que se lamentaba, una y otra vez por sus actos.
Aquel que decidió un día abandonar todo y afrontar su culpa, adentrarse en los senderos de la verdad y conquistar el castillo del silencio, del conocimiento y de la sabiduría.
Ese caballero tuvo el suficiente valor para asumir lo que le ocurría, lo que había perdido y tuvo la oportunidad de encontrar su crecimiento personal.
Hablar no le servía de nada, simplemente era necesario observar, analizar cada cosa, dotarla de significado, y, por supuesto, ser capaz de comprenderlo.
El lenguaje carece de valor, las palabras sinceras, las que tienen valor, son las que salen del alma.
Y las lágrimas que derramó, sinceras como su perdón fueron las que oxidaron y destruyeron aquella coraza que siempre le había recubierto; dejando por fin, que los rayos del sol iluminasen su rostro, que la brisa acariciase su cuerpo y estar preparado para demostrar y aportar todo lo que, dentro de su corazón sentía que debía hacer.
Después de ese instante, sentí como me vino a la cabeza un fragmento de aquella historia:
"A la mañana siguiente le despertó el sol cayendo sobre sus ojos. La luminosidad le molestaba. Su visera nunca había dejado pasar tanta luz. Mientras intentaba entender este fenómeno, se dio cuenta de que Ardilla y Rebeca le estaban observando, al tiempo que parloteaban y arrullaban con excitación. Hizo un esfuerzo por sentarse y, de repente, se dio cuenta de que podía ver mucho más que el día anterior, y que podía sentir la fresca brisa en sus mejillas.
¡Una parte de su visera se había roto y se había caído!
“¿Cómo habrá sucedido?”, se preguntó.
Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta.
- Se ha oxidado y se ha caído.
- Pero ¿Cómo? - preguntó el caballero.
- Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo - dijo Rebeca.
El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágrimas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba.
-¡Esto es! Gritó - ¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de la armadura!
Se puso de pie más rápido de lo que había hecho en años.
- ¡Ardilla! ¡Rebeca! - gritó -¡Espabilad! ¡Vamos al Sendero de la Verdad!
Rebeca y Ardilla estaban tan llenas de alegría con lo que estaba sucediéndole al caballero que no le dijeron que su rima era malísima. Los tres continuaron la ascensión de la montaña. Era un día muy especial para el caballero. Notó las diminutas partículas iluminadas por el sol que flotaban en el aire, filtrándose a través de las ramas de los árboles. Miró con detenimiento las caras de algunos petirrojos y vio que no eran todas iguales. Le comentó eso a Rebeca, que dio pequeños saltitos, arrullando alegremente.
- Estáis empezando a ver las diferencias en otras formas de vida porque estáis empezando a ver las diferencias en vuestro interior."
[...]
Medité acerca de ese fragmento...ciertamente estaba tan cargado de significado que cada vez que lo repasaba, sacaba nuevas conclusiones.
Miré mi reloj, había pasado una hora y media desde mi aparición en el bar.
-¿Dónde estará Luis hoy?, pensé.
Echaba de menos conversar con él y era demasiado extraño que se hubiese reatrasado tanto...
¿Le habría ocurrido algo?
[...]
Chapó, da gusto encontrar un blog que, para variar, en el que de verdad se encuentran cosas interesantes y no chorradillas para el postureo y el lucimiento personal. Alegra ver que todavia queda gente con la cabeza en su sitio este mundo, lo cual es cada dia mas dificil, y encima de la tierruca. Me hago seguidor de este blog pero ya.
ResponderSuprimirPD: Me ha encantado la cita de la armadura del caballero. ¿Me recomendarias ese libro?