jueves 5 de mayo de 2011

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amélie Poulain XVII




[...]



Allí estaba él; y, enfrente, de espaldas al cristal que nos separaba, una brillante melena morena.
Reconocí aquella mirada; era el último recuerdo que tenía de aquella vida pasada, su forma de mirar, tan dulce, cómplice...cálida.
Lo echaba tanto de menos... Aquella calidez, aquellos preciosos ojos que recordaban a un niño inocente lleno de ternura bajo el disfraz de un hombre adulto.
Él se había destapado ante mí, me había mostrado cada rincón de su alma y ni siquiera, en aquellos tormentosos días, fui capaz de darme cuenta.

Todo a mi alrededor tomó silencio mientras Luis intentaba incesantemente llamar mi atención. Mi mundo se había detenido en aquel rostro, en aquella expresión; una expresión que pude reconocer, repleta de amor...
Aquella jóven de la cual desconocía el rostro parecía haberle cautivado por completo. Yo ya no era ni la estela de los planes que podíamos tener juntos, y…era verdad. Como aquella canción de Deluxe que me rondaba siempre la cabeza: “ Es verdad, ya no eres ni lo posos de esta gran botella. Ya no eres ni el rencor ni el temor ni la huella; es verdad, tan solo eres el polvo de un salón vacío; es verdad, tan solo el silbido de aquel viento frío…”.
Leí en sus ojos lo que sucedía. Él me había olvidado mientras yo aún mantenía la esperanza de ser perdonada. ¿Acaso ese sería el fin definitivo de aquella historia?.
Me negaba por completo, entera y rotundamente NO, pero; ¿Acaso debía seguir intentando limpiar mi alma y demostrándole que así era; ó ¿tal vez sería mejor no seguir perdiendo mi tiempo dedicándome a mí misma, a lo que Amélie solía llamar un gnomo de jardín?
Había dejado de saber, mi corazón había perdido el norte y mi cabeza también. Ni siquiera sabía en qué mundo vivía, quién era ni quien llegaría a ser.

Luis agitaba mi hombro con energía:
-¡Chica! Por el amor de dios, ¿qué te ocurre?
De lejos creía escuchar sus llamamientos pero, en ese momento, nada podía despegar mi atención de aquellos preciosos ojos.
Mi corazón, una vez más, aumentó su ritmo de pulsaciones. Volví a sentir esa sensación de agitación dentro de mí. Me incorporé y abandoné el bar corriendo mientras Luis alzaba la voz, también haciendo el amago de incorporarse y correr tras de mí.
Nada ni nadie podía consolarme en ese momento.

Necesitaba refugiarme en mi soledad, una vez más, una noche más, escuchar el silencio de mi sombrío hogar.
[...]

Entré y cerré la puerta tras de mí. Por un momento me sentí aliviada. Allí, apoyada contra la puerta reflexioné:
-No puede ser…Es cierto, ya no me quiere. Pensé.

Era mucho más fácil vivir en aquella ignorancia, en el no saber, en ese sentimiento aletargado que aún humeaba dentro de mí.

De repente, sonó el timbre. Abrí la puerta pensando si él estaría al otro lado. En su lugar, y para mi sorpresa, Luis esperaba impaciente tras la puerta.
Físicamente, parecía casi imposible que aquel anciano hubiera podido seguirme tras mi agitada marcha de camino a casa; pero, inexplicablemente, ahí estaba:
-Chica…no vuelvas a asustarme así nunca más. ¿Se puede saber qué demonios se te estaba pasando por la cabeza en esos momentos para que abandonaras la cafetería de esa manera?
Pálida y estupefacta contesté:
-Lo siento mucho, de verdad…Tras el cristal…yo vi…estaba…yo…
Balbuceé palabras como pude pero era incapaz de finalizar la frase.Aún no podía creer cómo había averiguado aquel hombre dónde se encontraba mi refugio.

Luis, astutamente intervino:
-Tras el cristal viste algo que, de alguna manera u otra, te desagradó; ¿verdad? Es posible que se tratase de alguna persona amada, de alguien de esa vida pasada de la que tanto me hablas, ¿me equivoco?

Una vez más, Luis había dado en el clavo. Respondí:
-Sí…supongo que sí…pero no es momento de hablar de ello ahora. Sólo quiero olvidar y deshacerme de esta carga que me atormenta día a día, noche tras noche.

Mi cabeza, sin más preámbulo, comenzó a divagar en voz alta:
-Las princesas son rubias…las verdaderas princesas son rubias, de rostro y expresión dulce. Yo solía ser una princesa en aquel mundo que él hacía único, nuestro.
De repente, tomé conciencia de mi absurdidad:
-Vaya…disculpe, no quiero aburrirle con mis idioteces.
Pensé si, ahora que ya Luis había dado un paso más en mi vida, sería conveniente contarle mi historia con la vieja mujer; la misma que un día afirmó:
-Él es parte de ti.


Luis me miraba a través de sus gafas con gesto condescendiente:
-Mi querida niña…Debes aprender tantas y tantas cosas… Las verdaderas princesas son las que sienten serlo. Una princesa no se conforma de un elegante vestido y una preciosa melena, si no en ese espíritu interno de querer serlo.
Hazme caso, sé de lo que hablo. Conozco mejor de lo que crees ese sentimiento del que me hablas constantemente…

Repitió atusándose el pelo:
-Mejor de lo que crees…


[…]

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