sábado, 7 de mayo de 2011

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amélie Poulain XVIII





[...]



Demasiadas eran las cosas que, llegado aquel momento, se escapaban de mi razón y mi lógica. Luís había aparecido como de la nada percántandose, y bien, de todo lo que me ocurría y aporreando la puerta justo segundos despues de que yo entrase a mi casa. Parecía increíble, pero así era.

Hacía ya demasiado tiempo que me planteaba la posibilidad de relatarle mi historia con aquella vieja vidente. En parte sentía vergüenza; tampoco sabía si me tomaría por una de esas chicas ignorantes que acuden a esa clase de sitios sin más ánimo que escuchar lo que quieren oír.
El caso es que aquella historia surrealista me había removido por dentro. Puede parecer estúpido, pero cambió mi opinión sobre esos temas..."extraños".

Nadie, salvo aquella mujer, él y yo, sabíamos el significado que un campo de tulipanes tenía en toda aquella historia pasada, en aquella vida de atrás.
Sinceramente, siempre me había llenado la boca de críticas hacia esos lugares, hacia esas personas que buscaban el negocio y el beneficio propio a toda costa.

Queda ya bastante lejos el momento en el que decidí marcar el teléfono de Cristina, así se llamaba aquella vieja mujer, y pedirle ayuda.
[...]

Corrían malos tiempos, un mes de noviembre. No eran tiempos para soñadores, pero tampoco para no soñadores. Eran tiempos extraños, como carentes de espacio-tiempo. Nunca he llegado a tomar realmente conciencia de que esos tiempos hayan existido en sí alguna vez...
Hojeaba la prensa, como de costumbre. Pasaba páginas, apenas sin determe a leer.

Pensaba en el papel que había jugado siempre mi persona en la vida de los demás. Nunca había sido nadie importante, ni para mí ni para nadie; desde muy jóven había aprendido a tomar decisiones por mi propia cuenta, lo que detonaba en fracasos constantes.
Mentiría si dijera que mi vida ha sido un acierto.
Desde niña, me esforzaba por conseguir la aprobación de mis superiores, buscando una palmadita en la espalda, un gesto amable, un "estoy orgullosa de ti"; lo busqué incesantemente, frenéticamente...

Ya por la página 49 de aquel periódico, levanté la vista y, mirando al frente me dije:
-¿Para qué?

Agaché la mirada, intentando contener las lágrimas que escapaban de mis ojos consecuencia del recuerdo de alguna situación en la escuela o en mi propia casa, junto a lo que un día pudo llamarse Familia.

En ese momento recordé que, días atrás, había leído un anuncio en el periódico sobre una supuesta vidente. El anuncio decía algo tal que: "No hay mas que tres acontecimientos importantes en la vida: nacer, vivir y morir. No recordamos lo primero, sufrimos al morir y nos olvidamos de vivir."

Recordé que aquella frase me indujo a apuntar en una servilleta el número de teléfono que allí constaba.
Metí la mano en mi chaqueta y entre demás papeles sin importancia encontré la servilleta.
Saqué mi viejo teléfono y empecé a marcar.
Pensé -¿Te has vuelto loca?
Acto reflejo, saqué mi paquete de tabaco y encendí un cigarrillo apartando el aparato y el periódico con un gesto algo brusco.

Todo aquello era totalmente absurdo; no podía llegar al extremo de perder aún más el poco raciocinio que me quedaba.
Había algo dentro de mí que me animaba a dar el paso y llamar. Mi corazón estaba dispuesto a cualquier cosa por encontrar respuestas; para él, en este caso el fin justificaba totalmente los medios.
Para mi razón (la poca que aún me quedaba) el zumo no compensaba exprimir aquella fruta.

Había entrado en otro nuevo dilema...

[...]

Y ahí seguía Luís, esperando que, una vez más, bajase de mi mundo de fantasía y le diese alguna explicación coherente acerca de lo sucedido.

Introdujo la mano en el bolsillo de su vieja gabardina y, con aire solemne, sacó un cigarrillo de la cajetilla.
Sin apartar la mirada de mis ojos, lo encendió y dio una calada. Expulsando un fino pero continuo hilo de humo alzó la voz:
- Creo que me he precipitado presentándome en tu casa de esta manera, sin invitación ni previo aviso. Ha sido descortés por mi parte y comprendo que si abandonaste el bar de la manera que lo hiciste, prefieras estar sola y reflexionar.

Continuó:
-La verdad es que nunca me presento en casa de nadie sin una invitación de por medio, pero creí que a lo mejor necesitarías estar acompañada y desahogarte.
Perdona por la intromisión, chica.

-No se preocupe, para nada me ha molestado. Supongo que aunque diga o actúe como si quisiera estar sola, en el fondo sé y siento que es lo que más odio del mundo.

Un minuto de silencio se extendió entre el humo de su cigarrillo y mi perplejidad por todo lo ocurrido. Me atreví a hacer la pregunta que tanto me rondaba:
-¿Cómo ha conseguido averiguar dónde vivía y llegar con tanta rapidez?

...

Luis, con la misma tranquilidad que caracterizaba todas nuestras conversaciones, sonrió y caló su cigarrillo dirigiendo su mirada a la ventana que daba a la plaza.

Repetí:
-Dígame, ¿cómo lo ha hecho?

[...]

jueves, 5 de mayo de 2011

Ce n'est pas l'histoire du fabuleux destin d'Amélie Poulain XVII




[...]



Allí estaba él; y, enfrente, de espaldas al cristal que nos separaba, una brillante melena morena.
Reconocí aquella mirada; era el último recuerdo que tenía de aquella vida pasada, su forma de mirar, tan dulce, cómplice...cálida.
Lo echaba tanto de menos... Aquella calidez, aquellos preciosos ojos que recordaban a un niño inocente lleno de ternura bajo el disfraz de un hombre adulto.
Él se había destapado ante mí, me había mostrado cada rincón de su alma y ni siquiera, en aquellos tormentosos días, fui capaz de darme cuenta.

Todo a mi alrededor tomó silencio mientras Luis intentaba incesantemente llamar mi atención. Mi mundo se había detenido en aquel rostro, en aquella expresión; una expresión que pude reconocer, repleta de amor...
Aquella jóven de la cual desconocía el rostro parecía haberle cautivado por completo. Yo ya no era ni la estela de los planes que podíamos tener juntos, y…era verdad. Como aquella canción de Deluxe que me rondaba siempre la cabeza: “ Es verdad, ya no eres ni lo posos de esta gran botella. Ya no eres ni el rencor ni el temor ni la huella; es verdad, tan solo eres el polvo de un salón vacío; es verdad, tan solo el silbido de aquel viento frío…”.
Leí en sus ojos lo que sucedía. Él me había olvidado mientras yo aún mantenía la esperanza de ser perdonada. ¿Acaso ese sería el fin definitivo de aquella historia?.
Me negaba por completo, entera y rotundamente NO, pero; ¿Acaso debía seguir intentando limpiar mi alma y demostrándole que así era; ó ¿tal vez sería mejor no seguir perdiendo mi tiempo dedicándome a mí misma, a lo que Amélie solía llamar un gnomo de jardín?
Había dejado de saber, mi corazón había perdido el norte y mi cabeza también. Ni siquiera sabía en qué mundo vivía, quién era ni quien llegaría a ser.

Luis agitaba mi hombro con energía:
-¡Chica! Por el amor de dios, ¿qué te ocurre?
De lejos creía escuchar sus llamamientos pero, en ese momento, nada podía despegar mi atención de aquellos preciosos ojos.
Mi corazón, una vez más, aumentó su ritmo de pulsaciones. Volví a sentir esa sensación de agitación dentro de mí. Me incorporé y abandoné el bar corriendo mientras Luis alzaba la voz, también haciendo el amago de incorporarse y correr tras de mí.
Nada ni nadie podía consolarme en ese momento.

Necesitaba refugiarme en mi soledad, una vez más, una noche más, escuchar el silencio de mi sombrío hogar.
[...]

Entré y cerré la puerta tras de mí. Por un momento me sentí aliviada. Allí, apoyada contra la puerta reflexioné:
-No puede ser…Es cierto, ya no me quiere. Pensé.

Era mucho más fácil vivir en aquella ignorancia, en el no saber, en ese sentimiento aletargado que aún humeaba dentro de mí.

De repente, sonó el timbre. Abrí la puerta pensando si él estaría al otro lado. En su lugar, y para mi sorpresa, Luis esperaba impaciente tras la puerta.
Físicamente, parecía casi imposible que aquel anciano hubiera podido seguirme tras mi agitada marcha de camino a casa; pero, inexplicablemente, ahí estaba:
-Chica…no vuelvas a asustarme así nunca más. ¿Se puede saber qué demonios se te estaba pasando por la cabeza en esos momentos para que abandonaras la cafetería de esa manera?
Pálida y estupefacta contesté:
-Lo siento mucho, de verdad…Tras el cristal…yo vi…estaba…yo…
Balbuceé palabras como pude pero era incapaz de finalizar la frase.Aún no podía creer cómo había averiguado aquel hombre dónde se encontraba mi refugio.

Luis, astutamente intervino:
-Tras el cristal viste algo que, de alguna manera u otra, te desagradó; ¿verdad? Es posible que se tratase de alguna persona amada, de alguien de esa vida pasada de la que tanto me hablas, ¿me equivoco?

Una vez más, Luis había dado en el clavo. Respondí:
-Sí…supongo que sí…pero no es momento de hablar de ello ahora. Sólo quiero olvidar y deshacerme de esta carga que me atormenta día a día, noche tras noche.

Mi cabeza, sin más preámbulo, comenzó a divagar en voz alta:
-Las princesas son rubias…las verdaderas princesas son rubias, de rostro y expresión dulce. Yo solía ser una princesa en aquel mundo que él hacía único, nuestro.
De repente, tomé conciencia de mi absurdidad:
-Vaya…disculpe, no quiero aburrirle con mis idioteces.
Pensé si, ahora que ya Luis había dado un paso más en mi vida, sería conveniente contarle mi historia con la vieja mujer; la misma que un día afirmó:
-Él es parte de ti.


Luis me miraba a través de sus gafas con gesto condescendiente:
-Mi querida niña…Debes aprender tantas y tantas cosas… Las verdaderas princesas son las que sienten serlo. Una princesa no se conforma de un elegante vestido y una preciosa melena, si no en ese espíritu interno de querer serlo.
Hazme caso, sé de lo que hablo. Conozco mejor de lo que crees ese sentimiento del que me hablas constantemente…

Repitió atusándose el pelo:
-Mejor de lo que crees…


[…]